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Fragmentos de "Vida secreta" de Pascal Quignard

Publicado por Icaro Libros en

Libro Vida Secreta de Pascal Quignard editorial Cuenco de Plata

En el universo todo se estira, se polariza.  Todo se dilata en el cielo o en el mundo. Esta expansión del secreto sobre el cuerpo que se oculta, esta expansión y este acotamiento, este océano que se extiende y esta insularización que se concentra en la intimidad extrema creaban una profundidad que los dos compartíamos más aún porque no la compartíamos con nadie más.

Uno siempre se sorprende al descubrir hasta qué punto pueden estar desunidas la pasión amorosa y las audacias del abrazo. Pero hay un motivo: no provienen del mismo mundo. Y no penetran en una misma oscuridad. A veces los dos mundos forman uno, pero sólo por puro azar. Si se encuentran es casi en contra de su propia naturaleza y de su innegable intensidad. Y a decir verdad no es que se encuentren: coinciden. Es como un accidente: el encuentro de un árbol y un coche rojo. Es imprevisible en la medida en que no hay manera de organizarlo de antemano. 

 Las imágenes no están hechas para la luz.

Todo sueño lo sabe y cada noche lo demuestra.

Las imágenes son lucífagas y Némie me había enseñado a interpretar con los ojos cerrados, sin empezar a tocar la partitura hasta haberla percibido un instante como una sola figura.

Imagen sinóptica que debía asumirse en completo silencio antes de empezar a tocar.

A sus ojos, nuestro amor -aunque ya no comparto esa manera de concebir el amor- se confundía con nuestro punto de silencio.

Ese punto de silencio se confunde con el punto ciego social.

Para amarnos, teníamos que estar decididos a callarnos. Entonces seríamos el grupo antitodos. Para ella, eso eran los amantes: todo el resto del mundo debía quedar excluido; esa exclusión nos uniría más; lograría nuestra eterna fidelidad. Cuánto más lo pienso -y estas investigaciones sobre el amor que le tenía a Némie sólo en ese esfuerzo, ese alfo que pesa, que me angustia todavía, cada vez más, a medida que avanzo-, mejor recuerdo que ella pensaba exactamente así, pero que se equivocaba al hacer que el amor se apoyase en la exclusión de todos los demás; la exclusión de todos los demás sólo definía el secreto. 

Nos alojábamos en el mismo hostal silencioso, con la enseña de la alcoba prohibida.

Yo me ocultaba en ella como un ladrón.

Los enamorados, los amantes, los esposos no designan a los mismos seres humanos. El amor se opone a la vez a la sexualidad y al matrimonio. El amor se asemeja al robo y no al intercambio social.

Lo que ocurre es que, desde la noche de los tiempos, quien se enamora designa a la mujer o al hombre que se sustrae al intercambio que los suyos, los aliados y el grupo le han preparado desde hace mucho tiempo. Los cuentos oponen de forma bastante similar tanto el amor al matrimonio como la huida a la alianza. El amor siempre se define en los cuentos antiguos a partir de tres características: una gemelidad incomprensible (dos extraños descubren un entendimiento casi incestuoso), el flechazo (la fascinación súbita, no preparada, silenciosa, no mediatizada), y finalmente la muerte voluntaria u homicidio o el crimen pasional que acaba con el amor o maldice a los amantes. Esta cualidad asocial que marca el amor, que, o arrebata de golpe tanto a la conyugalidad como a los acostumbrados lazos sociales, se traduce en las historias antiguas del siguiente modo: estar desgreñado, estar completamente desnudo, no tener casa, vivir de aire y de agua fresca, comer alimentos crudos, convertirse en pájaro.

Todavía me digo: "No sé lo que ella sentía. No sé cuál era su verdadera naturaleza. Sé que no la poseí, porque al poseer a una mujer no se posee nada. No se penetra en nada al penetrar a una mujer. Sé que no la abarqué al abrazarla. Pero la amaba"

Empezamos a contener las preguntas para ser fieles a nuestro modo de vida. Nada más doloroso que esas frases formadas, que uno tiene ganas de decir y que debe dejar disolverse en su fuero interno, aunque su expresión es la única forma conocida de deshacerse de ellas. Yo conseguí poco a poco hacerlas vacilar dentro de mí, tomarlas a broma para perderlas. Cuando no lo lograba, las escribía y luego rompía su endeble soporte. Tenía que ganarle por la mano a ese lenguaje más fuerte que el alma, a toda costa. También llevé un diario. No lo he conservado. La violencia y la estupidez del ejército pasaron por encima de todo ello y ya no sé qué destino tuvieron esas páginas de desahogo.

Negándonos a explicarnos, tal vez evitábamos caer en las redes que despliega el lenguaje, en sus reglas del juego codificadas, pueriles, escolares, agonísticas, retóricas, autoritarias, demostrativas. Así nos libraríamos de la trampa donde la relación de fuerzas de los saberes y la guerra de posición de las edades prevalecían, imperceptiblemente, sobre la transmisión de la emoción, es decir sobre la influencia directa de la sensación del pensamiento.

Todo lo que venía a los labios debía perecer. Al abrir la boca habríamos perdido el hálito del alma. Incluso la conciencia tenía que desocuparse un poco de todo. Ya no era una reserva de rencores ni, sobre todo, un depósito de armas.

Poco a poco, percibimos cosas que no tenían nombre.

Más exactamente, cosas que no correspondían a nombres.Todo lo que era ajeno al lenguaje, todo lo que era áspero, sin refinar, indivisible, tenaz, sólido, imperceptible, nos abordaba, se acrecentaba. En el silencio, los olores eran mucho más numerosos. Se aglomeraban resplandores nunca vistos, colores nuevos.

Nuestros cuerpos se resistieron muy deprisa, con una sutileza y una rapidez que sin duda la mente de quienes viven hablando a todas horas no podrán imaginar.

Ser ajeno al lenguaje descubría algo. Dragaba algo. Aunque sólo fuera la extrañeza de todo, como un nuevo sentido. Como un tacto mudo y conmovedor.

No entender nada de nada es un órgano maravilloso. 

Los amantes están aislados del mundo y deben vivir como lo que queda de un pueblo primitivo que el tiempo mismo ha perdido. Los amantes deben vivir desamparados por el amor que se tienen, mucho más en el tiempo que en el espacio. De igual modo que fue mucho antes de la historia, en el tiempo puro, o al menos en el instante aún sustraído al tiempo, cuando la genitalidad se extravió al posarse en sus cuerpos.

Entonces, en ese tiempo sin conciencia, los primeros hombres la experimentaron mucho antes de percibirla. 

 ¿Quién escapa a la desgracia de una palabra de más? 

El silencio es como un trapo húmedo: quita el polvo sin hacerlo volar.

La superficie de la estantería negra brillaba en su silencio.

La superficie del espejo resplandece, sus ojos se agrandan, la piel de su torso bebe la luz, todo espera. 

Al principio fue un juego de inhibición psíquica, un juego de estupor sexual. Que se inclinó hacia la mística sin que nunca nos atreviéramos a insinuar una palabra tan pretenciosa. ¿Por qué se habrá vuelto tan incómoda esa palabra? En griego, mystikos, ese pequeño adjetivo, quiere decir silencioso. No tienen un matiz mucho más profundo que la palabra latina infans, igualmente sencilla, y conmovedora.

El silencio dejó de ser un "callarse". Se convirtió en una jerga de sensaciones y signos que conseguían traspasar la piel gracias a la complicidad del silencio.

Tener alma quiere decir tener un secreto.

Corolario. Poca gente tiene alma.

El amor y el secreto del otro son lo mismo. El amor al borde de la desnudez es como el secreto: se halla al borde de la desnudez.

El pensamiento y el amor están ligados al secreto. Es el fuero interno, lo privado. Es lo no colectivo, lo no público.

El secreto es más antiguo que el hombre. Muchos son los animales que buscan un escondite cuando presienten la muerte. La muerte inventa en ellos el secreto. Y la tumba. Y también la soledad. Cierto que la muerte es la primera prueba del alejamiento. La distancia llama a la distancia. La muerte es la máxima distancia del grupo; la soledad y el secreto (el depósito de desnudez en los seres humanos) sólo son modalidades más exiguas.

Tertuliano decía: Incluso en el paraíso hay que disimular. La primera mujer, en el Edén, tendría que haber guardado su secreto. Incluso Dios lo guarda: a nuestros ojos, es inescrutable. Es impenetrable en sus designios. Es eternamente silencioso.

Eva tendría que haber callado. Ésta era la tesis a la que volvía una y otra vez el teólogo cismático de Cártago.

Tendría que haber guardado en su corazón lo que la serpiente le había susurrado a la sombra del árbol. No tendría que haber manifestado su deseo a Adán, ni comunicar el tenor del mensaje, ni tan siquiera en cuenta su existencia.

No entiendo bien por qué el argumento de Tertuliano no ha tenido la menor posteridad.

Este argumento tiene una fuerza perturbadora que se transmite a quien lo lee por primera vez, hasta el punto de dejarlo desamparado. Dios muere en este argumento. (Dios, el Verbo, el lenguaje, el texto revelado, todo el cristianismo muere en él.)

El secreto no es escapar a lo sexual-mortal, sino a lo verbal-social.

El alma es un secreto en todas partes. Lo que muestra es un cuerpo. Lo que se encubre es un alma. Un hombre que dice su nombre secreto ya no tiene alma.

La lengua entraña la posibilidad de callarse, de negarse a expresar.

La entraña a guisa de corazón.

Al igual que la humanidad entraña la castidad como un enigma dentro de su propia naturaleza animal y como un desafío a las condiciones de reproducción. Al igual que la pintura entraña lo irrepresentable.

El amor es la relación sin piedad. Nada lo satisface. No puede esperar paz alguna. Y si es así no es por culpa del amor ni es responsabilidad de uno de los dos miembros de la pareja que el amor unce y a la vez exilia, que instala la pared en el otro (tras la piel del otro) a la que siempre hace caso omiso, que encaja y mata.

Lo que no puede ser tratado ni conciliado ni superado ni trascendido es la diferencia sexual que se halla en el origen de cada ser humano.

Que es pura.

Que es absoluta.

Esa diferencia es lo incomprensible, lo incesante, lo inherente, la reproductora, la proliferante, la coriácea, la no estacional, la obsesionante.

Lo ineluctable de las relaciones sexuales es que son ambivalentes. No están vinculadas a la desnudez, sino al desnudamiento. Pureza animal contaminada por lo que llamamos asco humano o pudor.

 No hacia la desnudez, sino hacia el desnudamiento humano. El odio al amor está en el amor como su conciencia. Y la conciencia le resulta tan útil como las plumas a 

los peces.

Nunca hay una auténtica ruptura.

Los hombres y las mujeres ocultan de buena gana este aspecto.

El amor -la extraña comunicación  por la que se ponen en contacto dos sensibilidades- subsiste tras las rupturas e incluso tras los duelos. No es el amor que huye. Es uno de sus cuerpos lo que se aleja de un intercambio que está directamente emparentado con la muerte, porque es inherente a la reproducción; y la reproducción es esa inmortalidad extraña, ese retrato tan parecido, horrible, vivo que pasa por la muerte de aquellos cuyos rasgos fueron copiados durante la escena que quien resulta de ese acto nunca podrá ver. Quien resulta de ese acto no puede borrar la huella que lleva en el rostro, en la forma de las manos, en el color de los ojos.

Aunque sólo sea en la máscara que adopta o cree elegir.

Todo hombre o toda mujer que renuncia a su deseo rechaza su propio abandono.

Su nacimiento.

Es decir, el abismo que es el verdadero núcleo.

Este abismo es el que se abre a los pies del saltador de Paestum cuando llega al límite del promontorio que se alza sobre el mar.

Somos nosotros quienes traicionamos la región misteriosa. Pero el otro mundo es inolvidable, porque precede al nacimiento mismo. No vimos la escena que nos formó. No la vemos, continuamente. Esta imagen que nos falta nos obsesiona. La imaginamos hasta que logramos reproducirla. Todos somos misteriosos. Y lo seríamos más si estuviésemos menos recargados: cómicamente revestidos, ordenados, asalariados, divididos, compuestos, locuaces, trabados. La región misteriosa donde se confunde: desde la rotación de la Tierra al tiempo, al ciclo de las estaciones, a la reproducción sexuada, a la muerte que cerca a los seres para rejuvenecer y resucitar, a los astros que distribuyen el retorno a los solsticios, desde la gravedad de las piedras a los cantos y las alas de los pájaros, desde el silencio y la espera de los peces en el fondo de los lagos oscuros al brote de las hojas en el aire, desde la luz solar a la noche estelar.

Pero todos viviremos la confusión, la inmensidad, su explosión, su expansión.

Las dos escenas. Hay dos escenas invisibles para cualquier mujer o cualquier hombre: la primitiva y la última. Son las dos escenas sin presencia. (Son las dos escenas de lo que es irrepresentable para cada individuo presente, es decir, con vida.) 

La escena que quien esta presente nunca ha visto es la escena primitiva (la concepción de nuestro cuerpo, las condiciones del deseo que la presidió, la posición elegida, la identidad del hombre que cubre el cuerpo de la madre, etc.) 

La escena que quien esta presente nunca verá es la del enfrentamiento con la muerte, la escena última (las circunstancias de la parada del pulso cardíaco que se inició en el feto, y las de la asfixia del ritmo pulmonar que invadió con un alarido al recién nacido, mezclándolo al lenguaje). 

Si lo decimos en latín, estas imágenes son las Espantosas. 

Si lo traducimos a palabras griegas, estas escenas son las Fóbicas. 

Sin embargo, atormentan como tales tanto la visión voluntaria como el espectáculo involuntario de los sueños. La memoria del pasado, la imaginación del futuro se confunden en su revulsiva carencia. Tocar estas dos escenas que son los extremos de nuestra singularidad es tan desagradable y tan íntimo como tocar la desnudez viscosa de nuestros ojos sin que el párpado se cierre.

Fascinus repentino: nos damos de bruces con la puesta en escena que hace de nosotros su elemento. "De bruces" expresa bien el carácter frontal y coalescente de la fascinación de las verdaderas imágenes. Toda juntura fascinante hace que nos encaremos con ella. Ojo contra ojo, nariz contra nariz, diente contra diente, boca contra boca, sexo contra sexo, poco importan los atributos del cuerpo (cuerno contra cuerno) que se polarizan o que se aparejan: el abismo donde caemos es la situación frontal. 

Es el toro –o el bisonte– que se da la vuelta ante el trapo rojo –o el lancero– y lo encara. 

(No se puede estar fascinado lateralmente: de ahí proviene la larga evolución de la obsesión supersticiosa propia de la pintura al fresco de los grecorromanos, que desembocó en el ícono.) 

Hay que aceptar esta serie de equivalencias: la imagen que nos devora: la posición del misionero: la depredación fauces contra fauces. 

La fascinación animal siempre es un primer plano que se convierte de un salto en la forma entera, de pie. 

O en un niño.

El pasado ataca. El tiempo pasado muerde el presente como si fuera su presa. Cuando el pasado ataca, los Modernos lo llaman angustia, pero la angustia sólo describe la tonalidad de la escena y no evoca en absoluto la acción que se desarrolla en ella. 

En este caso, podríamos llamar al flechazo angor, angustia, y no seria erróneo. 

La fulguración (el flechazo), la angustia, la fascinación, el sueño son originalmente lo mismo (ni imagen ni signo todavía). 

En latín, fulgura no solo designa los relámpagos y el rayo que se derrama en ellos y cae del cielo; también designa los objetos sagrados, los objetos fanáticos, los objetos intocables. 

En Roma, cualquier objeto fulminado por el rayo era algo aparte, sagrado, secreto, oculto, venerado, inhumado, como un antepasado. 

Como un amante.

El amor es una forma de inteligencia (de hambre en los labios, de viaje en la mirada) a la que sólo le concierne la alteridad del otro. Es un modo de conocimiento cuya primera característica consiste en que su clarividencia está en contradicción con el lenguaje. La lengua constituida, nacional, aprendida (aprendida tras haber sido leída en los labios maternos) siempre esta en una posición anacrónica respecto a la armonía de más antigua influencia: porque, a diferencia de la concupiscencia, es esta armonía lo que el amor despierta.

La pasión es el apego involuntario e irresistible a la proximidad de otro cuerpo distinto al nuestro. Este apego mudo y súbito suscita acciones que exaltan el alma –o que incluso la enloquecen– y que ponen en peligro la situación familiar, conyugal o social. 

La pasión, al contrario que el deseo (el deseo que es lo contrario de la passio, que es impaciente) es, a mis ojos, forzosamente desinteresada, porque despierta un estado en el que la identidad aún no estaba construida. O, mas bien, el amor "no es interesado": todo su interés es la proximidad respecto al otro. Esta proximidad no es apropiación dentro de sí, porque se suena como incorporación al cuerpo del otro, en la alteridad de la que provenimos. Puesto que se sueña como una fusión, poco frecuente y casi imposible (salvo en los casos de devoración), o al menos, una confusión, de ello se deduce que 

  1. El amor va en contra de sus intereses. 
  2. El amor desafía los intereses de la sociedad. 

3.Todos los actos irreprimibles que engendra tienen un carácter de expansión, de desinterés. De belleza. De júbilo, es decir, de desbordamiento. De contraste con todos los demás comportamientos humanos socializados. Estos perturbadores acting out, estas conmovedoras estupefacciones, estas perversiones distantes, estas manías obsesivas, estas audacias que desprecian cualquier seducción suscitan desde el alba del lenguaje relatos con los que la sociedad se consuela y se venga (o, a posteriori, se arrepiente). La sociedad siempre se arrepiente de sus malas acciones cuando ya no tiene que temer las consecuencias de su arrepentimiento.

En el amor, el ser que nos es más cercano no está cerca. Está más lejos que nadie. Tan lejos como la escena inalcanzable cuyo producto (lo reproducido) somos. Es antiquísimo. 

Es el Antiguo entre las piernas. 

Más lejano todavía es lo que sentimos, y aun mas lejano está la otra desnudez, la desnudez que descubrimos en el otro la primera vez que lo desnudamos.

Hay movimientos a los que nos resistimos violentamente, pero cuya influencia es tan poderosa que nos empujan con brusquedad a situaciones que no nos atraen. Cedemos a nuestro pesar. Cedemos como cedería un dique. Nuestros astros más antiguos nos siguen atrayendo hacia sus órbitas apasionadas. Esos astros son nuestros palacios odiosos.

Los romanos llamaban sidera a estos astros. Los oponían a las estrellas (stellae) como grupos de stellae que formaban imágenes, "constelaciones", una serie de signos que se siguen, que sobrevienen y luego se retiran del fondo nocturno en el transcurso del invierno: un rinoceronte, un cazador, un bisonte, las Pléyades. Estas cuatro sidera eran los astros que culminaban a finales de invierno y que anunciaban sobre el fondo negro de la bóveda celeste la inminencia de la primavera, el retorno de las crías, los brotes y los colores, el renacimiento del Primus tempus, la inmanencia de la caza en cuanto nacían las camadas vivíparas.

Estos astros, que nos observaban en el momento de nuestro nacimiento, sideran el tiempo de los hombres y prescriben las alegrías, los partos, los sacrificios de las primicias y de los recién nacidos, las recolecciones de los frutos, las depredaciones renovadas, los ritos que garantizan el retorno anual (la supervivencia anual) de todas las cosas. 

Estos astros sideran a los animales, sus cópulas, el recorrido del sol, las lluvias, los brotes, las flores, los frutos, a nosotros. 

Capere es el verbo de los cazadores. El amor cautiva, la influencia capta, la lengua captura, la dependencia familiar acapara como los labios y las miradas de la madre acaparan los labios y la mirada del niño, lo alimentan y al fin el curioso alimento llamado lenguaje se introduce también en sus bocas y pasa de unos labios a otros porque no podemos pasarnos todo el día devorando.

Nadie se libra para siempre del océano de su propia pasión.  

 

Fuente:

https://lechedeur.blogspot.com/2017/03/fragmentos-de-vida-secreta-de-pascal.html

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