Mariana Enriquez revela los libros que la formaron en medio de la violencia, las drogas y el rock
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En Archipiélago -el libro que Ampersand publica por estos días y del que se anticipan aquí algunos pasajes- Mariana Enriquez reconstruye los fragmentos de su formación lectora. Y lo hace bajo la figura de una serie de islas conectadas entre sí. Libros favoritos, otros de un deslumbramiento pasajero, descubrimientos más ligados a las canciones de rock, las revistas under y el nomadismo callejero que a las bibliotecas escolares, siempre en la búsqueda de una temprana identificación generacional.
Pensé Archipiélago como fragmentos de formación lectora que tiene, justamente, la forma de un conjunto de islas conectadas. Una lleva a la otra con conexiones no siempre literarias, a veces casuales, pero siempre de exploración, y al final son una geografía que está aparentemente separada, pero inevitablemente junta. Los libros que nos forman quizá no son los favoritos pero son los que forman una personalidad y una cantidad de obsesiones, para bien o para mal; mejor dicho, no tiene sentido ignorar esos textos fundacionales porque siempre vuelven, siempre se llega a las mismas playas. En las “islas” elegí un conjunto de libros que forman alguna masa en mis gustos, desde abyecciones hasta el barroco de Donoso y Mujica Láinez, y en las conexiones cuento cómo llegué a las lecturas: editoriales favoritas, revistas, casi nunca bibliotecas, canciones de rock. Fue muy divertido hacerlo y también fue un ejercicio de honestidad. No tengo gustos culpables ni demasiadas frustraciones, pero era un libro en el que decidí no alardear sobre autores que no me gustan aunque sean divinidades, y en el que tuve que confesar mis lagunas y mis imposibles.
LA ISLA DE LE JUVENTUD
“¿Por qué no encuentro un libro sobre nosotros?” era mi pregunta constante durante los años de la secundaria y después, en los primeros 90. ¿Dónde estaban las narrativas sobre jóvenes? No para jóvenes, ni la literatura supuestamente juvenil. Cuando yo era adolescente, no existía la literatura para adolescentes como la conocemos en 2025, el género young adult con su ecosistema de escritores, temas y fandom. Aquella era otra adolescencia, menos visible y más cercana a la alteridad. Yo necesitaba leer mis experiencias en literatura, pero no las encontraba por ninguna parte.
Los primeros jóvenes que leí, después de las lecturas clásicas de Louisa May Alcott o Mark Twain o Álvaro Yunque, fueron los libros de jóvenes en horda violenta. Por supuesto El señor de las moscas de William Golding, pero mucho más cercanos en sensibilidad Furia feroz de J. G. Ballard, La naranja mecánica de Anthony Burguess y Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares.
Furia feroz es premonitorio: son los hijos Z con todas las necesidades básicas cubiertas que se rebelan matando a sus padres ricos y progres. La novela es de 1988: me gustaba porque Ballard por supuesto simpatizaba con los asesinos; los niños no se rebelan contra el odio y la crueldad, sino contra un despotismo de bondad. Matan para liberarse de una tiranía de amor y cuidados. La naranja mecánica nunca fue uno de mis libros de cabecera y aunque con mis amigos hablábamos en nadsat y nos maquillábamos como Michael McDowell en la película, nunca me terminó de gustar la novela, quizá porque Alex es un violador, o porque esa banda de cuatro chicos me resultaba asfixiante. La entiendo más hoy porque ya no busco ni quiero ni me gusta identificarme como en la juventud. Diario de la guerra del cerdo es un libro que leí con mucha ofuscación, que ahora también recupero pero que, entonces, me resultó ofensivo y reaccionario. En aquel momento vivía en La Plata y mi iniciación ciudadana eran las marchas por la Noche de los Lápices, a las que era ritual concurrir, y más tarde, en 1993, desapareció Miguel Bru, compañero de la Facultad de periodismo y de noches de borrachera. Lo secuestró la policía y lo asesinó a golpes en la comisaría 9a de la ciudad. Hasta hoy el cuerpo está desaparecido, aunque los responsables fueron encontrados culpables después de muchas instancias judiciales, y fueron presos. No había ninguna dictadura que combatir, y sin embargo la policía nos perseguía en razias, nos detenía por averiguación de antecedentes, nos golpeaba. En 1991 mataron a Walter Bulacio, un chico de Aldo Bonzi, conurbano como yo. A mí me sacaron de los pelos de Garage, una disco de La Plata, y me metieron con otros chicos en un vehículo policial de traslado de presos: los policías tenían sus armas largas adentro e incluso nos apuntaban.
Durante las protestas contra la ley federal de educación tuvimos que escapar de la policía montada que no solo tiraba gases, sino que entró a las universidades, violando su autonomía, y llevándose estudiantes de sus escondites. En un recital en contra de la violencia policial en un homenaje a Bulacio, en 1996, vi cómo, en una pelea entre punks y skinheads, mataron a patadas a un supuesto militante neonazi. No lo vi por morbosa: en las corridas quedé cerca y pasó en mi cara. De modo que todos esos libros donde los jóvenes aparecían como peligrosos, incluso el de Ballard -que no tiene la perspectiva de los chicos, si no la del investigador-, o como verdugos, me molestaban, me disgustaba la fobia a los jóvenes, más aún cuando sentía que estábamos en peligro y los adultos, traumatizados por su propia experiencia juvenil en los setenta, minimizaban esos ataques.
Mi búsqueda empezó por lo que podía encontrar alrededor mío y una de mis lecturas era la columna de Rodrigo Fresán “Rayitos” en el suplemento No de Página/12. Hablaba de música y de referencias pop, y era uno de mis pocos interlocutores en los medios “de adultos”, donde yo ubicaba al diario, aunque no se parecía a la prensa tradicional con sus tapas atrevidas. “Rayitos” escribió un libro de cuentos que se publicó en 1991 en Biblioteca del Sur, Historia argentina. Cada cuento tenía citas, algo que yo copiaría cuando editara mi primera novela. Y eran citas que reconocía: Borges, Joseph Conrad, Orwell, Thomas Mann, John Cheever, Tennessse Williams, David Bowie, Dylan. Por supuesto, las cosas que hacía Fresán en los cuentos -después leí- eran “cruces de baja y alta cultura” y “disolver límites de realidad y ficción”, pero para mí eran relatos que se parecían a lo que pasaba en mi cerebro, en mi realidad, en mis charlas… Había rock, había depresión, había drogas, había obsesión por la memoria (que ya entonces era una capa de lo real tan pesada que era imposible siquiera de cuestionar), había Guerra de Malvinas.
Entendí Historia argentina, y también entendí que no era un problema tan grave saberme argentina y al mismo tiempo no identificarme con todo lo argentino -una noción de la que entro y salgo, porque me da culpa-. La colección donde salió ese libro, Biblioteca del Sur, supe después, estaba dirigida por Juan Forn, que publicaría mi primera novela. Quise comprar más, lo recuerdo, pero no lo hice. Quizá no tenía plata. Eran años económicamente horribles y, aunque me había gustado Historia argentina, prefería apostar por lo seguro y comprar libros de Anagrama o de Minotauro, o seguir investigando en la biblioteca de mis padres.
Ninguno de ellos se puede comparar, sin embargo, con el cataclismo de Menos que cero, de Bret Easton Ellis. Lo compré porque era parte de la colección “Compactos” de Anagrama, una verdadera guía del gusto de mi generación. También porque había visto la película, que me pareció bastante careta, como decíamos entonces o, como decía mi mejor amigo, una película “alegato”. En este caso, alegato antidrogas. Decían que el libro era distinto, sobre todo el personaje de Julian, que en la película interpreta Robert Downey Jr., y es lo único rescatable, además de la mística hueca de Los Ángeles.
Con Menos que cero, lo crucial fue el estilo. Primera persona en presente perpetuo y de una sequedad perturbadora. Ya había leído a escritores minimalistas norteamericanos como Raymond Carver y Grace Paley, pero lo que hacía Bret Easton Ellis era nuevo para mí, por la textura. Si los otros, más o menos, dejaban adivinar el subtexto lleno de significado, en Ellis el significado era ese desgano, esa relación mínima con lo real. Entendía que los sentimientos estaban en la superficie. En una fiesta a la que va Clay, el adolescente protagonista que vuelve a casa desde la Costa Este, alguien dice casualmente que la madre de Blair -ex de Clay- es agorafóbica. Y la conversación sigue, sin que eso amerite más de un renglón. Así era mi universo sensorial juvenil. Frases cortas con contenidos densos. Padres ausentes, por otros motivos, porque los de Menos que cero son ricos pero igual de borrosos. Información de temas graves que no nos llegaba a angustiar, y ese rumor constante de las fiestas y el deambular. Ser joven como no tener hogar o espacio. Detalles sin importancia en bares donde suena Joan Jett. En una escena, Clay y sus hermanas hablan de cocaína ante la madre, en el auto, y ella solo les pregunta si puede cambiar la canción que escuchan en la radio. Para mí era igual: no solo mis padres, los de todos, ante la absoluta falta de recursos, nos permitían drogarnos alegremente. Se podía ranchear en cualquier casa. Muchos vivían lejos de sus padres porque, en La Plata, una ciudad universitaria, alquilaban para estudiar. Incluso antes, en los años de la secundaria, mi mejor amiga tenía una planta de marihuana al lado del televisor, en el living de su casa; su madre creía que se trataba de un ficus medio raro. La presencia de los psiquiatras. La cocaína mal cortada que se toma igual, como si nada fuese capaz de matarte. Menos que cero era leer el cotidiano juvenil, la comunicación mínima, los comportamientos suicidas.
“-Por qué hacés esto.
-No sé.
-Qué te pasa.
-Nada.
-Y qué tal te va.
-Bien, bueno, no lo sé.
-Qué estuviste haciendo
-Qué, no te escuché.”
Pensaba que diálogos así no eran literarios, porque la literatura debía decir algo, y decirlo con belleza. Con Menos que cero entendí que esa flotación inarticulada dice mucho y es bella, porque la verdad es belleza, como afirmaba Keats. Es estilo, no falta de recursos. Entendí también por qué esta función fática del lenguaje en literatura era tan molesta: primero, porque era nueva, y segundo, porque resultaba insoportable que los hijos de los años sesenta y setenta estuvieran tan vacíos de contenido, que fueran envases a llenar con la escasa emoción que les proporcionaban el sexo y las drogas. Y el arte, claro, como en Menos que cero, pero es otro arte, fundamentalmente una comprensión diferente de la política en los textos. Menos que cero es muy político, pero no es un texto testimonial ni comprometido. “Es una chica maravillosa, dice Kim, lo que pasa es que toma sesenta miligramos de litio diarios. Solo está cansada. Muriel se echa a llorar y Kim le acaricia la cabeza, pero Muriel sigue llorando y babeando con pinta de ir a echarse a reír y tiene pintura de labios toda corrida y el maquillaje emborronado”. Esa era yo o yo podía ser Kim, o es una escena entre dos amigas o amigos; pasaba a diario, lo mismo que caminar por la ciudad que conocíamos como psicogeógrafos. Aquí la plaza donde se comía después de fumar marihuana. Enfrente el kiosco que vendía alcohol a menores. En Plaza Italia, los dealers que no vendían cortada, o no mucho. En calle 13, la casa donde Jorge Ferroviera, amigo tóxico de Diego Maradona, llevaba a chicos, algunos menores, y se los presentaba a los hombres ricos de la ciudad. Esto es lo que pasa en la novela con Julian, el mejor amigo del protagonista. Julian se prostituye en fiestas de ricos y también en moteles, primero para pagar su deuda de adicto a la heroína, más tarde para continuar con su adicción. En el libro la trayectoria de Julian está contada como una degradación, pero no porque el sexo sea con hombres -Clay es bisexual, y posiblemente, en pocos años, sea gay, como Bret Easton Ellis-, sino porque lo hace para poder financiar el consumo que lo destruye, y se aprovechan de esa debilidad. La cantidad de horas perdidas hablando de sexo y drogas en el libro era una fotografía del letargo. Y la música, por supuesto: era importante que en la novela escucharan X y Duran Duran, o que jugaran Space Invaders.
Menos que cero se oscurece mucho en las últimas páginas. Aparece un chico muerto en un callejón y todos van a verlo como si fuese una tarántula, nadie avisa a la policía ni a los padres. Miran películas snuff probablemente falsas, pero en las que aparecen chicas de doce años. Esto me llevó a tratar de profundizar en lecturas abyectas, porque el horror me atraía como un imán.
Fuente:
Pagina12
3 de agosto de 2025 - 03:04
https://www.pagina12.com.ar/845504-archipielago-el-libro-de-las-lecturas-de-mariana-enriquez
